La fragancia de Cristo

La fragancia de Cristo

 

Se cuenta de un muchachito huérfano de madre que no rendía en sus estudios; conseguía poco apoyo de su maestra (aunque ella sabía que no debía discriminar) y sufría el ridículo de sus compañeros. En Navidad le trajo un regalo a su maestra. Sus compañeros de clase también trajeron regalos, la mayoría envueltos en hermoso papel. El muchachito trajo su regalo en una arrugada bolsa de papel.

 

La maestra fue sabia y no puso en ridículo al niño. El regalo era una pulsera de imitación, a la que le faltaban algunos de los diamantes falsos, y un frasco de perfume medio vacío. Los niños se rieron, porque era obvio que el regalo era usado; pero la maestra admiró la pulsera y se la puso, como también un poco del perfume,

Después de las clases ese día, el muchachito se acercó a ella, emocionado, y con una sonrisa de oreja a oreja, dijo: “Maestra, ahora usted huele igual a mi mamá.”

 

La maestra comprendió que el niño extrañaba a su madre y que tal vez por eso no rendía en sus estudios. Desde ese día ella llevaba puesta la pulsera y se ponía siempre un poco del perfume. Ese sencillo gesto influyó tanto en el huerfanito que cada día fue rindiendo mejor en sus estudios.

 

(Para leer toda la historia: Cómo enseñar con el corazón.)

 

El gesto de amor de la maestra influyó poderosamente en el niño, y la fragancia del perfume que le recordaba a su madre lo impulsó a aplicarse en los estudios.

 

2010-fragancia

 

 

He escogido como lema para este año: “Emanar la fragancia de Cristo”. Así como mi Salvador se entregó a sí mismo por nosotros, “ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef 5:2), quiero que mi vida sea un grato aroma para mi Señor. Quisiera que las personas puedan decir de mí: “Hueles igual a Cristo.”

 

En Filipenses 2:5, el apóstol Pablo nos amonesta a tener el sentir que hubo en Cristo Jesús, ese sentir que lo llevó a despojarse a sí mismo y hacerse obediente hasta la muerte. ¡Cómo anhelo que mi vida sea una ofrenda y sacrificio al Señor en olor fragante! ¿Qué de ti?

 

Al pensar en el desafío que me he propuesto para el 2010, de emanar la fragancia de Cristo, preparé el siguiente “abecé” de cualidades necesarias:

 

(Para una copia en PDF de: Abecé de cualidades que emanan la fragancia de Cristo)

(Para una copia abreviada: Breve abecé de cualidades que emanan la fragancia de Cristo)

 

Abecé de cualidades que emanan la fragancia de Cristo

AMOR. Para mí el amor es el círculo que lo encierra todo. Mi vida comienza y termina con el amor. Aunque cumpla todo lo demás de esta lista, si no tengo amor, de nada me sirve. Una vida sin amor es como metal que resuena o címbalo que retiñe. Sin amor, mi vida no será un aroma fragante sino un hedor repugnante.

 

“Ante todo, tened entre vosotros ferviente amor;
porque el amor cubrirá multitud de pecados” (1 P 4:8).

 

BONDAD. ¿Verdad que es refrescante el contacto con personas buenas? Yo quiero ser buena; quiero tratar con bondad a mi prójimo. La bondad es uno de los componentes del fruto del Espíritu Santo (Gá 5:22). El diccionario Pequeño Larousse define la bondad como “inclinación natural a hacer el bien”. Lo más natural para el cristiano es que sea bueno.

 

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean
vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”
(Mt 5:16).

 

COMPASIÓN. Sentir compasión por los desventurados es tener “el corazón” de Cristo. Misericordia, clemencia, humanidad, caridad, conmiseración, ternura… esto y mucho más describe a nuestro Salvador y su corazón compasivo. Cuando Él vio las multitudes, “tuvo compasión de ellas porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9:36). Una vez la gente había pasado tres días con Él, y no tenían qué comer. Jesús no quiso enviar a las multitudes en ayunas a sus casas e hizo un milagro para alimentarlas (Mr 8:2-8). Con esa clase de compasión emanamos la fragancia de Cristo.

 

DADIVOSIDAD. Quisiera que en mi lápida se escribiera que fui una persona generosa. Dios es el máximo ejemplo de generosidad, en que  “no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”. Viendo esta magnánima expresión de dadivosidad, Pablo pregunta: “¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Ro 8: 32). Cada vez que “damos”, sembramos, y la siembra, trae cosecha. “El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (2 Co 9:6).

 

“Dios ama al dador alegre” (2 Co 9:7).

 

ENTUSIASMO. El entusiasmo es fervor, pasión, frenesí, admiración. Significa “tener a Dios dentro”. Cuando Él rige es lógico que seamos entusiastas. Lo contrario es apatía, desidia, frialdad. Una persona entusiasta inspira a su prójimo. Lo que más quiero es inspirar a otros a servir al Señor, buscar primeramente el reino de Dios, y vivir en santidad.

 

Lo que más me entusiasma es esta realidad: “Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos” (Ro 14:7,8).

 

FIDELIDAD. Una persona fiel es leal y constante; alguien en quien se puede confiar. Tal persona cumple lo que promete; es honrada y cumplida en su centro de trabajo; es alguien en quien su familia puede depender. Jesús dijo que el “que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel” (Lc 16:10). Con esa clase de fidelidad quiero emanar la fragancia de Cristo.

 

“Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Ap 2:10).

 

GENTILEZA. Ser gentil es ser amable y cortés. Una persona amable es cariñosa, cordial, simpática, agradable, afectuoso, tierna, sociable, complaciente; es alguien que exhibe urbanidad. Lo contrario a gentileza es brusquedad y aspereza. ¡Qué bella fragancia emite una persona gentil!

 

“Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres” (Fil 4:5).

 

HUMILDAD. La humildad es ausencia completa de orgullo y presunción. En Romanos 12:3, Pablo nos exhorta a no tener más alto concepto de nosotros mismos que el que es debido. Jesús dijo que el que se enaltece será humillado, pero el que se humilla, será enaltecido. Mi Salvador se humilló hasta lo sumo, y mi gran deseo es glorificarlo. No puedo emitir su aroma con un corazón orgulloso; por tanto, con toda humildad acepto el “asiento” que Dios me agine, sea el primero o el último (Lc 14:7-11).

 

“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros” (Fil 2:3,4).

 

INTEGRIDAD. Una persona íntegra es recta y honesta. Honramos el nombre de Dios y emitimos la fragancia de Cristo al obrar con integridad en todos nuestros negocios. Dios abomina las pesas y las medidas falsas (Pr 20:10). Cueste lo que cueste, debemos ser honrados en todo lo que hagamos, porque “mejor es el pobre que camina en su integridad, que el de perversos caminos y rico” (Pr 28:6).

 

“Porque sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová.
No quitará el bien a los que andan en integridad” (Sal 84:11).

 

JUSTICIA. Justicia es la cualidad de justo. En el libro de Miqueas hallamos un resumen de lo que Dios pide de nosotros: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Mi 6:8). He aquí algunas palabras que describen esta cualidad que emite el aroma de Cristo: imparcialidad, entereza, firmeza, rectitud, honradez, moralidad. Al obrar con justicia cumplo los dos grandes mandamientos: amar a Dios y a mi prójimo.

 

“Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón. El que no calumnia con su lengua, ni hace mal a su prójimo, ni admite reproche alguno contra su vecino” (Sal 15:1-3).

 

LABORIOSIDAD. La persona laboriosa es diligente y trabajadora. La Biblia advierte contra la pereza, porque ésta hace caer en profundo sueño, y advierte que “el alma negligente padecerá hambre” (Pr 19:15). “Por la pereza se cae la techumbre, y por la flojedad de las manos se llueve la casa” (Ec 10:18). El apóstol Pablo escribió en una de sus cartas que si alguno no quiere trabajar, “tampoco coma” (2 Ts 3:10).

 

“Ve a la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio; la cual no teniendo capitán, ni gobernador, ni señor, Prepara en el verano su comida, y recoge en el tiempo de la siega su mantenimiento” (Pr 6:6-8).

 

MISERICORDIA. La misericordia es compasión que impulsa a ayudar o perdonar. Cada página de las Sagradas Escrituras es una expresión de la misericordia de Dios. Con la parábola del siervo inmisericorde, Jesús advirtió contra el peligro de ser objeto de la misericordia de Dios y luego cerrar el corazón al prójimo (Mt 18:23-35). El antónimo de misericordia es impiedad. ¡Cuán cierto! Ser inmisericorde es pecado, y el pecado no emite el dulce aroma del Cristo.

 

“Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia”
(Mt 5:7).

“Sed, pues, misericordiosos,
como también vuestro Padre es misericordioso”
(Lc 6:36).

 

NOBLEZA. Una persona noble es magnánima, generosa, espléndida, de sentimientos elevados. Tal persona trae honra al nombre de Cristo; no tiene envidia, no se jacta ni se envanece; no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor (1 Co 13:4,5).

 

Los judíos de Berea “eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras” (Hch 17:11). Ojalá más de nosotros seamos solícitos en el estudio de la Palabra de Dios, y en cumplir sus preceptos.

 

OBEDIENCIA. Desde el primer pecado cometido en el Edén hemos sido propensos a la desobediencia. Nadie tiene que enseñarle a un niño a desobedecer; más bien, la obediencia es un arte difícil que hay que practicar toda la vida. “Abuelita, es muy difícil obedecer”, dijo un día mi nietecito. Es cierto, pero con obediencia honramos a Dios y emitimos la fragancia de Cristo, quien “aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (He 5:8,9).

 

“Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios,
y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1 S 15:22).

 

PERDÓN. Lo más dañino para el corazón es albergar resentimiento y rencor; es carcoma de los huesos que nos impide emitir el dulce el aroma del cielo. “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá –prometió Jesús, y agregó–: Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas” (Mr 11:24-26).

 

“Perdónanos nuestros pecados,
porque
también nosotros perdonamos a todos los que nos deben” (Lc 11:4).

 

QUIETUD. Para manifestar dondequiera el aroma del cielo necesitamos constantemente “cargar las baterías”, lo cual mejor se hace en la quietud de la comunión con Dios. Mediante la lectura de su Palabra y la oración fortalecemos nuestra vida con Dios y le damos oportunidad para que Él nos hable e instruya. Esta fue la experiencia del rey David: “Oh Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré… Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza” (Ps 5:3; 62:5).

 

“Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre” (Ps 23:1-3).

 

REGOCIJO. Un corazón alegre produce una sonrisa en el rostro y las sonrisas son contagiosas. Para emitir la fragancia de Cristo necesitamos gozo en el corazón, sigamos esta receta que nos dio Pablo (1 Ts 5:16-18):

·        Estad siempre gozosos.

·        Orad sin cesar.

·        Dad gracias en todo.

 

“Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” (Fil 4:4).

 

SINCERIDAD. La sinceridad es lo opuesto a la hipocresía; es franqueza, cordialidad, naturalidad. Una persona sincera no finge; es transparente; no se pone máscara. Esta es la clase de gente que Dios necesita como representantes de su amor. Muchos acusan a los cristianos de ser hipócritas. Si servimos a Cristo con corazón sincero nada tenemos que ocultar ni fingir. Una jovencita testificaba de su fe en Cristo cuando alguien la interrumpió, y preguntó a la madre de ella si el testimonio correspondía con su comportamiento en casa, a lo cual ella respondió: “Mi hija se comporta en casa como testifica en la iglesia.” Esa clase de fragancia debemos emanar.

 

“Pero sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento; sino que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no, para que no caigáis en condenación” (Stg 5:12). “Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” (Mt 5:37).

 

TOLERANCIA. La primera acepción de la palabra tolerancia es: “respeto a la libertad de los demás”. Uno de los sinónimos es paciencia, la cual es parte del fruto del Espíritu. A la iglesia en Éfeso, Pablo suplicó: “Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef 4:1-3). Esta clase de tolerancia y paciencia es el aroma de Cristo que el mundo necesita percibir.

 

“Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto” (Col 3:12-14).

 

UNIDAD. La oración de Jesús por los suyos es que seamos “uno”. Nada despide tan bello aroma de honra y gloria para nuestro Padre celestial como la unidad y la armonía entre sus hijos. “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Jn 17:20-23).

 

“Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!” (Sal 133:1)

 

VALOR. Así como Josué tuvo que ser valiente y esforzarse para cumplir lo que Dios había mandado por medio de Moisés, a mí me toca ser valiente y producir las cualidades que emanan la fragancia de Cristo. Dios es el que produce en nosotros “así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil 2:13). Con la ayuda de Dios, manifestaré en este año el dulce aroma de Jesucristo.

 

Me adhiero a esta promesa: “Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Pr 4:18).

 

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Redactora de materiales pedagógicos con la gran pasión de difundir el amor de Dios y su poder salvador.